Rinconcito de coloresss!!!
- Mel
- El mundo, Spain
- Siempre estaré cuando me necesites... y si no también, jejeje
sábado, 10 de octubre de 2009
Murió esta tarde Luis Aguilé, descanse en paz
El músico de origen argentino Luis Aguilé ha fallecido hoy en el Hospital de Sanchinarro de Madrid, en el que estaba ingresado por el cáncer que padecía, según han informado fuentes familiares. El cantante y compositor, que popularizó canciones como Cuando salí de Cuba, Juanita Banana o Es una lata el trabajar tenía 73 años. Aguilé se mantenía unido al mundo del espectáculo y preparaba el estreno de una zarzuela.
Nacido el 24 de febrero de 1936 en Buenos Aires como Luis María Aguilera Picca, comenzó su carrera en los años 50. Grabó más de 800 canciones, la mitad de ellas de su autoría. También compuso canciones para niños y publicó varios libros.
Nacido el 24 de febrero de 1936 en Buenos Aires como Luis María Aguilera Picca, comenzó su carrera en los años 50. Grabó más de 800 canciones, la mitad de ellas de su autoría. También compuso canciones para niños y publicó varios libros.
miércoles, 7 de octubre de 2009
Sopa de pollo para el alma ( mi último bello descubrimiento)
Hoy quiero compartir una de las historias que forman parte de un libro que me llegó como un regalo del cielo.A mí me lo regalaron y si lo quieres te lo regalaré yo a ti . Si te interesa leerlo y difrutarlo solo tienes que dejar un mesaje a esta entrada con tu dirección de email o escribirme a mi correo y llegará desde que lea tu petición.
No te arrepentirás de leerlo.
Besitos de colores cariñososss!!!
No me fastidiéis, ¡abrazadme!
Pegatina en un parachoques
Lee Shapiro es un juez retirado y también una de las personas más auténticamente amables y cariñosas que conocemos. En un momento de su carrera, Lee se dio cuenta de que el amor es el poder más grande que hay. Como resultado de ese descubrimiento se convirtió a la religión del abrazo: empezó a dar abrazos a todo el mundo. Sus colegas comenzaron a llamarlo «el juez de los abrazos». En el parachoques de su automóvil se lee: «No me fastidiéis, ¡abrazadme!».
Hace más o menos seis años, Lee inventó lo que él llama su «Equipo de abrazar». Por fuera dice: «Un corazón por un abrazo» y contiene treinta corazoncitos rojos bordados con un adhesivo al dorso. Lee saca su «Equipo de abrazar», se acerca a la gente y le ofrece un corazoncito rojo a cambio de un abrazo.
Gracias a esta práctica ha llegado a ser tan conocido que con frecuencia lo invitan a conferencias y convenciones donde puede compartir su mensaje de amor incondicional. En una conferencia que se realizó en San Francisco, los medios de comunicación locales le plantearon el siguiente reto: «Es fácil dar abrazos en esta conferencia dirigida a personas que han venido aquí porque han querido, pero eso sería imposible en el mundo real». Y lo desafiaron a que empezara a dar abrazos por las calles de San Francisco, seguido por un equipo de televisión de la emisora local. Lee salió a la calle y abordó a una mujer que pasaba.
—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos, y doy un corazón de estos a cambio de un abrazo —explicó.
—Cómo no —fue la respuesta.
—Demasiado fácil —objetó el comentarista local. Lee miró a su alrededor y vio a una muchacha encargada de un parquímetro que lo estaba pasando mal a causa del propietario de un automóvil a quien estaba multando. Lee se encaminó hacia ella, con el cámara a su lado y le dijo:
—Me parece que a ti te vendría bien un abrazo. Soy el juez de los abrazos y me ofrezco a darte uno.
Ella aceptó.
—Mire, ahí viene un autobús —lo desafió el comentarista de televisión—. Los conductores de autobús de San Francisco son la gente más dura, descortés y mezquina que hay en la ciudad. Vamos a ver si consigue usted que lo abracen.
Lee aceptó el reto. Cuando el autobús llegó a la parada, dijo al conductor:
—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos. El suyo debe de ser uno de los trabajos más agotadores del mundo. Hoy ando ofreciendo abrazos a la gente para aliviarles un poco la carga. ¿Le apetece uno?
El hombrón de un metro ochenta y cuatro y más de noventa kilos de peso se levantó del asiento, bajó y le dijo:
—¿Por qué no?
Lee lo abrazó, le dio un corazón y lo saludó con la mano mientras el autobús volvía a arrancar. Los del equipo de televisión estaban mudos. Finalmente, el presentador dijo:
—Tengo que admitir que estoy muy impresionado.
Un día, Nancy Johnston, una amiga de Lee, llamó a su puerta. Nancy es payaso de profesión e iba vestida con su disfraz de trabajo, maquillada y con nariz postiza.
—Lee, coge un montón de tus «Equipos de abrazar» y vamos al hogar de incapacitados.
Tan pronto como llegaron, comenzaron a repartir globos, sombreros de carnaval, corazones y abrazos entre los pacientes. Lee se sentía incómodo: nunca había abrazado a nadie que tuviera una enfermedad terminal, que padeciera graves disfunciones físicas o mentales. Decididamente, aquello era excesivo para dos personas. Pero pasado un rato las cosas se volvieron más fáciles, ya que se fue formando un cortejo de médicos, enfermeras y ayudantes que los seguían de un pabellón a otro.
Pasadas varias horas, llegaron al último pabellón donde se alojaban los treinta y cuatro casos más graves que Lee había visto en su vida. La sensación fue tan horrible que lo descorazonó; pero, dado su compromiso de compartir su amor para conseguir un cambio, Nancy y Lee empezaron a abrirse paso por la habitación, seguidos por el séquito de médicos y enfermeras, que por aquel entonces ya llevaban corazones colgados al cuello y lucían sombreros de carnaval.
Finalmente, Lee llegó a la última persona, Leonard, que llevaba un gran babero blanco sobre el cual babeaba incesantemente. Lee miró a Leonard, que no dejaba de babear, y después se volvió a Nancy diciéndole:
—Vayámonos, Nancy, a una persona así es imposible llegar.
—Vamos, Lee —respondió ella—. Es un ser humano como nosotros, ¿o no?
Y le puso un sombrero de mil colores en la cabeza. Lee sacó uno de sus corazoncitos rojos y lo pegó en el babero de Leonard. Después, tras hacer una inspiración profunda, se inclinó para abrazarlo.
Súbitamente, Leonard empezó a emitir un chillido.
Otros pacientes empezaron a golpear cacharros. Lee se volvió hacia el personal de la sala, en busca de alguna explicación, y se encontró con que todos los presentes, médicos, enfermeras y auxiliares, estaban llorando.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó a la jefa de enfermeras.
Lee jamás olvidará su respuesta:
—En veintitrés años, es la primera vez que hemos visto sonreír a Leonard.
Así de sencillo es cambiar en algo la vida de la gente.
Jack Canfield y Mark V. Hansen
Pegatina en un parachoques
Lee Shapiro es un juez retirado y también una de las personas más auténticamente amables y cariñosas que conocemos. En un momento de su carrera, Lee se dio cuenta de que el amor es el poder más grande que hay. Como resultado de ese descubrimiento se convirtió a la religión del abrazo: empezó a dar abrazos a todo el mundo. Sus colegas comenzaron a llamarlo «el juez de los abrazos». En el parachoques de su automóvil se lee: «No me fastidiéis, ¡abrazadme!».
Hace más o menos seis años, Lee inventó lo que él llama su «Equipo de abrazar». Por fuera dice: «Un corazón por un abrazo» y contiene treinta corazoncitos rojos bordados con un adhesivo al dorso. Lee saca su «Equipo de abrazar», se acerca a la gente y le ofrece un corazoncito rojo a cambio de un abrazo.
Gracias a esta práctica ha llegado a ser tan conocido que con frecuencia lo invitan a conferencias y convenciones donde puede compartir su mensaje de amor incondicional. En una conferencia que se realizó en San Francisco, los medios de comunicación locales le plantearon el siguiente reto: «Es fácil dar abrazos en esta conferencia dirigida a personas que han venido aquí porque han querido, pero eso sería imposible en el mundo real». Y lo desafiaron a que empezara a dar abrazos por las calles de San Francisco, seguido por un equipo de televisión de la emisora local. Lee salió a la calle y abordó a una mujer que pasaba.
—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos, y doy un corazón de estos a cambio de un abrazo —explicó.
—Cómo no —fue la respuesta.
—Demasiado fácil —objetó el comentarista local. Lee miró a su alrededor y vio a una muchacha encargada de un parquímetro que lo estaba pasando mal a causa del propietario de un automóvil a quien estaba multando. Lee se encaminó hacia ella, con el cámara a su lado y le dijo:
—Me parece que a ti te vendría bien un abrazo. Soy el juez de los abrazos y me ofrezco a darte uno.
Ella aceptó.
—Mire, ahí viene un autobús —lo desafió el comentarista de televisión—. Los conductores de autobús de San Francisco son la gente más dura, descortés y mezquina que hay en la ciudad. Vamos a ver si consigue usted que lo abracen.
Lee aceptó el reto. Cuando el autobús llegó a la parada, dijo al conductor:
—Hola, soy Lee Shapiro, el juez de los abrazos. El suyo debe de ser uno de los trabajos más agotadores del mundo. Hoy ando ofreciendo abrazos a la gente para aliviarles un poco la carga. ¿Le apetece uno?
El hombrón de un metro ochenta y cuatro y más de noventa kilos de peso se levantó del asiento, bajó y le dijo:
—¿Por qué no?
Lee lo abrazó, le dio un corazón y lo saludó con la mano mientras el autobús volvía a arrancar. Los del equipo de televisión estaban mudos. Finalmente, el presentador dijo:
—Tengo que admitir que estoy muy impresionado.
Un día, Nancy Johnston, una amiga de Lee, llamó a su puerta. Nancy es payaso de profesión e iba vestida con su disfraz de trabajo, maquillada y con nariz postiza.
—Lee, coge un montón de tus «Equipos de abrazar» y vamos al hogar de incapacitados.
Tan pronto como llegaron, comenzaron a repartir globos, sombreros de carnaval, corazones y abrazos entre los pacientes. Lee se sentía incómodo: nunca había abrazado a nadie que tuviera una enfermedad terminal, que padeciera graves disfunciones físicas o mentales. Decididamente, aquello era excesivo para dos personas. Pero pasado un rato las cosas se volvieron más fáciles, ya que se fue formando un cortejo de médicos, enfermeras y ayudantes que los seguían de un pabellón a otro.
Pasadas varias horas, llegaron al último pabellón donde se alojaban los treinta y cuatro casos más graves que Lee había visto en su vida. La sensación fue tan horrible que lo descorazonó; pero, dado su compromiso de compartir su amor para conseguir un cambio, Nancy y Lee empezaron a abrirse paso por la habitación, seguidos por el séquito de médicos y enfermeras, que por aquel entonces ya llevaban corazones colgados al cuello y lucían sombreros de carnaval.
Finalmente, Lee llegó a la última persona, Leonard, que llevaba un gran babero blanco sobre el cual babeaba incesantemente. Lee miró a Leonard, que no dejaba de babear, y después se volvió a Nancy diciéndole:
—Vayámonos, Nancy, a una persona así es imposible llegar.
—Vamos, Lee —respondió ella—. Es un ser humano como nosotros, ¿o no?
Y le puso un sombrero de mil colores en la cabeza. Lee sacó uno de sus corazoncitos rojos y lo pegó en el babero de Leonard. Después, tras hacer una inspiración profunda, se inclinó para abrazarlo.
Súbitamente, Leonard empezó a emitir un chillido.
Otros pacientes empezaron a golpear cacharros. Lee se volvió hacia el personal de la sala, en busca de alguna explicación, y se encontró con que todos los presentes, médicos, enfermeras y auxiliares, estaban llorando.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó a la jefa de enfermeras.
Lee jamás olvidará su respuesta:
—En veintitrés años, es la primera vez que hemos visto sonreír a Leonard.
Así de sencillo es cambiar en algo la vida de la gente.
Jack Canfield y Mark V. Hansen
martes, 6 de octubre de 2009
Al fin se juntaron
Petra era una católica devota. Se caso y tuvo 17 hijos.
Poco después de que naciera su último hijo, su marido murió.
Algunas semanas después, se volvió a casar, y en los años siguientestuvo otros 22 hijos con su segundo esposo.
Después de nacer el último hijo, su segundo marido también murió.
Antes de transcurrido un mes, Petra se casó de nuevo, pero lamentablemente se enfermo y murió.
El Cura miró piadosamente a Petra en su ataúd, miró hacia el Cielo y dijo:
-Finalmente se juntaron.
Un hombre que estaba cerca del Cura pregunto:
- Perdón, Padre: ¿Ud. se refiere a Petra y su primer marido, o a Petra y su segundo Marido?
Y el cura respondió:
-ME REFIERO A SUS PIERNAS HIJO, A SUS PIERNAS....
Poco después de que naciera su último hijo, su marido murió.
Algunas semanas después, se volvió a casar, y en los años siguientestuvo otros 22 hijos con su segundo esposo.
Después de nacer el último hijo, su segundo marido también murió.
Antes de transcurrido un mes, Petra se casó de nuevo, pero lamentablemente se enfermo y murió.
El Cura miró piadosamente a Petra en su ataúd, miró hacia el Cielo y dijo:
-Finalmente se juntaron.
Un hombre que estaba cerca del Cura pregunto:
- Perdón, Padre: ¿Ud. se refiere a Petra y su primer marido, o a Petra y su segundo Marido?
Y el cura respondió:
-ME REFIERO A SUS PIERNAS HIJO, A SUS PIERNAS....
Hoy, "Bizcocho de nata al microondas"
Ingredientes :4 huevos
1 vaso de vino de nata líquida
150 gr. de azúcar
150 gr. de harina
8 cucharadas de aceite
1 sobre de levadura
Receta :
1. Batir los huevos con el azúcar hasta que estén espumosos, añadir la nata líquida y el aceite. 2. Fuera de batidora agregar la harina con la levadura tamizadas y caramelizar un molde de corona. 3. Verter la crema en el molde y hacerlo 7 minutos al 100%. Servirlo adornado con nata montada, frambuesas y menta.
lunes, 5 de octubre de 2009
Se apagó su voz

Haydée Mercedes Sosa nació en San Miguel de Tucumán el 9 de julio de 1935, en un hogar humilde. De esos años viene su apego por las expresiones artísticas populares. Recién salida de la adolescencia, le gustaba bailar y enseñaba danzas folklóricas. También cantaba.
En octubre de 1950, quinceañera, empujada por el entusiasmo de un grupo de amigas inseparables, se animó a participar en un certamen radial organizado por LV12 de Tucumán. Oculta tras el seudónimo de Gladys Osorio, su incipiente calidad como cantante la hizo triunfar en un concurso cuyo premio era un contrato por dos meses de actuación en la emisora.
Una década después, cuando se produjo una suerte de estallido en torno de la música folklórica, meramente consumista, el nombre de Mercedes Sosa ya estaba comprometido con el canto popular como integrante del Movimiento del Nuevo Cancionero, una corriente renovadora del folklore, surgida en la provincia de Mendoza, que proponía dejar de lado las modas pasajeras, para poner el acento en la vida cotidiana del hombre argentino, con sus alegrías y tristezas.
Sus aptitudes artísticas y personales sorprendían a un público acostumbrado a otra cosa. Junto con su marido Manuel Oscar Matus, hicieron conciertos en la Universidad. Otros escenarios los empiezan a recibir alentadoramente. Matus editó en un sello independiente el primer disco de Sosa: "Canciones con fundamento".....
En el 2008, emprende una gira que la lleva a recorrer América y gran parte de Europa, España, Italia y Alemania e Israel.
Gracias a la vida, María, María, Duerme negrito, Vengo a ofrecer mi corazón, Hermano dame tu mano, Si se calla el cantor, y tantas otras cuentan en su repertorio.
El 18 de septiembre de 2009 ingresó al Sanatorio de la Trinidad (en Buenos Aires) debido a una disfunción renal, la cual ha evolucionado negativamente hacia una falla cardio-respiratoria. Su estado de salud se la llevó el 4 de octubre de 2009.
Que descanse en paz.
El 18 de septiembre de 2009 ingresó al Sanatorio de la Trinidad (en Buenos Aires) debido a una disfunción renal, la cual ha evolucionado negativamente hacia una falla cardio-respiratoria. Su estado de salud se la llevó el 4 de octubre de 2009.
Que descanse en paz.
viernes, 2 de octubre de 2009
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